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lunes, 22 de febrero de 2010

La maldad como enfermedad

Título original: La maldad tiene mucho de enfermedad.

La maldad que lleva a determinadas personas a actuar contra otra y realizar actos violentos tiene una parte de enfermedad, aunque no se puede explicar sin tener en cuenta otros aspectos, según sostiene el psicólogo forense y profesor de psicopatología de la Universitat de Barcelona (UB), Adolfo Jarne.

"Es un fenómeno tan complejo que no tiene una explicación única", sostiene, al tiempo que señala que sí que existe una base patológica. Sin embargo, hay una parte "incomprensible" en esta maldad que es de difícil explicación, apunta.

Existen situaciones de maldad gratuita que no explican racionalmente


Para Francesc Torralba, doctor en Filosofía en la UB, la maldad siempre es reactiva y cuando una persona la ha recibido, la devuelve. Sin embargo, señala que existen expresiones en las que no se observa una relación causa-efecto y que se trata de maldad "gratuita", situación que no se puede explicar racionalmente.

Por su parte, el psicólogo clínico del Hospital de Día de Adolescentes de Badalona (Barcelona) de la Fundación, Marc Dangerfield, explica que hay un tipo de personas que saben que están haciendo el mal y que sienten placer por ello, a los que se les puede definir como "perversos".

Esta perversión es la forma de vida que han adoptado y la única manera de relacionarse con el resto de la sociedad, y la "satisfacción" que sienten cuando actúan les hace continuar adelante. Una de las características de este colectivo es que intentan presentar lo malo como bueno a través de engaños y son plenamente conscientes de que están haciendo daño.

También existe otra tipología que es la de aquellos que actúan con maldad como "vía de descarga". Se trata de personas muy dañadas personalmente, que han vivido situaciones catastróficas, que no pueden pensar y evacuan su malestar a través de la violencia, aunque no son conscientes de que hacen daño. "Se puede entender el acto violento como una vía de comunicación", declara.

Se puede entender el acto violento como una vía de comunicación


La inteligencia y la capacidad cognitiva de cada persona influye también en el punto de maldad que puede hacer una persona. Así, cuanta más inteligencia, se puede actuar de manera más perversa y con mejor capacidad para engañar y esconder lo que se hace. "Tener buenas capacidades cognitivas es ser un mejor perverso", afirma.

Torralba puntualiza que la violencia individual también se explica en ocasiones como consecuencia de las estructuras sociales, políticas y económicas que le oprimen. "La violencia individual es consecuencia indirecta de la violencia estructural", afirma, al tiempo que dice que de no existir dichas estructuras quizá no hubiese realizado el acto violento.

En este sentido, defendió que la crisis económica puede generar estas situaciones de "colapso" y malestar vital como consecuencia de la precariedad. También puede explicar la situación de algunos jóvenes que sienten que no tienen expectativas de futuro.La crisis económica puede generar estas situaciones de "colapso" y malestar vital

Según Dangerfiel, también existe una parte de agresividad necesaria en todos los humanos para poder defenderse, "que no quiere decir maldad", puntualiza. Esta agresividad no tiene que tener el componente destructivo.

En este sentido, defiende que la bondad extrema "también tiene algo de trastorno", ya que no es adecuado no responder ante ninguna situación y añadió que es destructivo no defenderse ante nada.

Visto en: 20minutos

domingo, 24 de enero de 2010

La otra cara de la hiperactividad

Es importante el tratamiento precoz de este trastorno, que afecta a cuatro de cada cien niños
Juan A. Hormaetxea.

La prevalencia del Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) en la población general oscila entre el 0,4% y el 14%. En nuestro medio, se considera que la padecen, aproximadamente, 4 de cada 100 niños, siendo de 3 a 4 veces más frecuente en varones. No se han demostrado diferencias entre diferentes áreas geográficas, grupos culturales o niveles socioeconómicos.
El mito popular de que el TDAH es un cuadro médico propio de la infancia, «que se cura con el paso del tiempo», y las múltiples características diferenciales de los síntomas psíquicos de estos jóvenes respecto a los de los pacientes adultos nos sitúan ante el diagnóstico tardío del cuadro y sus consecuencias negativas. De los tres síntomas nucleares del TDAH -el déficit de atención o la incapacidad de prestar atención y mantener la concentración, la tendencia a actuar sin reflexionar o impulsividad y la hiperactividad (término que describe el movimiento físico constante que presentan estos chavales)-, el déficit de atención es el que más interfiere en este sentido y sus consecuencias persisten en la adolescencia y se prolongan hasta la edad adulta.
Los estudios de seguimiento a largo plazo han demostrado que entre el 30-70% de los niños con TDAH continúa presentando sus síntomas durante la adolescencia y que los mismos pueden persistir en la edad adulta en más de la mitad de los adolescentes afectados. Por esta razón, y a pesar de su capacidad intelectual, los sujetos con TDAH que no son tratados tienen tendencia a sufrir más dificultades académicas y laborales, además de afectar a sus relaciones sociales y afectivas. De esta manera, tienden a aislarse (suelen tener menos amigos o coinciden con otros chicos problemáticos) y son más susceptibles al abuso de determinadas sustancias tóxicas (alcohol, cannabis, anfetaminas y cocaína), bien como búsqueda de sensaciones o como «autotratamiento», dado que normalizan sus niveles de dopamina, situaciones ambas que interfieren con su adaptación afectiva, familiar, social, laboral o de ocio.
Por otra parte, el TDAH se acompaña con frecuencia en la adolescencia de otros problemas psiquiátricos (ansiedad y depresión), anomalías de la personalidad (trastorno disocial o trastorno negativista desafiante) o trastornos del aprendizaje. En este sentido, el TDAH es un factor de riesgo para el consumo de tóxicos y más aún cuando está complicado con trastornos comórbidos del comportamiento. A la inversa, podemos asegurar que el consumo de drogas es más frecuente en individuos que sufren TDAH que en adolescentes psiquiátricamente sanos.
Recientes estudios han demostrado que hasta una cuarta parte de los adolescentes hospitalizados por un problema relacionado con el consumo de sustancias ha presentado un TDAH no diagnosticado ni tratado a tiempo. Más aún, la existencia de un TDAH acelera la transición (1,2 años de media frente a 3 en sujetos control) de un abuso menos grave (alcohol o cannabis) a una dependencia más grave (anfetaminas o cocaína) y prolonga más del doble el plazo medio de desintoxicación.
El tratamiento más adecuado es la combinación de medicación (psicofármacos) y la psicoterapia. De todos los fármacos, los psicoestimulantes son, hoy en día, los más utilizados. Actúan regulando, en determinados circuitos cerebrales, la anómala concentración de dopamina de manera que mejoran los síntomas nucleares (inatención, impulsividad e hiperactividad) del TDAH. La experiencia incluso en otros grupos de población diferentes a los niños en edad escolar (preescolares, adolescentes y adultos) está teniendo su reflejo en una literatura cada vez más extensa.
La psicoterapia individual permite que el paciente identifique sus problemas, los comprenda y, posteriormente, los resuelva eficazmente. También fomenta el desarrollo de sus habilidades para solucionar conflictos interpersonales. Las consecuencias derivadas de un hijo que padece TDAH pueden llegar a afectar a su familia, la cual sufre un importante desgaste. La terapia de familia ayuda a superar los problemas psíquicos reactivos a la situación vivida en el hogar, las alteraciones de la dinámica familiar, así como otras repercusiones afectivas, sociales o laborales.
Por último, la educación del niño y de su entorno (padres y maestros) consigue la detección y su tratamiento precoz, en caso de estar instaurada la anomalía.

Juan A. Hormaetxea es médico de IMQ y especialista en Psiquiatría

Visto en: El Correo